Imagen con fines ilustrativos

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Esta fue la historia que más me conmovió de esta séptima ronda.

Me acerqué a uno de las personas en situación que iba caminando. Lo saludé y se hizo para atrás muy temeroso. No quería hablar. Le pregunté “¿Cómo está?” y le dije que veníamos a ayudarle, que le traíamos algo para que comiera y ropa también. Al escuchar esto aceptó que me acercara, luego de mirarse y ver sus pantalones rotos y una camiseta blanca y sin mangas, le entregué la ropita nueva y la comida. Entonces empezamos a hablar. Solo aceptó hablar conmigo, todavía tenía una mirada de incredulidad y miedo. Para este punto era yo quién estaba tragando grueso. Tratando de evitar llorar le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Carlos y que venía de la zona norte. Se sentó y se cambió la camisa. Entonces empezó a sonreír y me dijo: "yo quiero salir de esto, yo quiero salir de la calle, pero quiero ponerle mucho aquí en San José, aunque no tenga donde dormir. Si yo no me ayudo a mí mismo, ¿cómo me devuelvo para ayudarle a mi mamá?”. Ya para este punto yo estaba evitando con todo mi corazón no llorar. Él no quiso fotos ni hablar mucho, solo soltó una pequeña sonrisa que parecía ser de agradecimiento. Pasé pensando toda la tarde en Carlitos. Tenemos todo, estudiamos, trabajamos, tenemos un techo donde dormir y comida a diario, tenemos muchos lujos y aún así somos egoístas. Pensamos solo en nosotros y no tenemos chance de pensar en quienes necesitan una mano. Ellos son personas y el hecho de hablarles al menos los hace sentirse importantes y con valor. Las lágrimas de muchos de ellos y sus rostros reflejan que ellos también tienen corazones llenos de vida y ganas de salir adelante. Escuchar sus historias, compartir con ellos son pequeños detalles, cosas que a veces creemos insignificantes pero pueden cambiar su vida. Y la nuestra también.

 

Erick Garita, voluntario de la 7ma Ronda De la Mano con la Calle